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El Furgonauta

LA CARGA

LA CARGA

La gravedad mata al niño. Eso lo sabe muy bien, aun sin conciencia de ello, Manuel, el de las pulidoras, el que entró en la fábrica a los catorce y ya ronda la cuarentena.

Se nota porque se ríe de lo que hay que reírse, de lo que mande la tele, de lo que dicte el momento, pero tiene en su interior el sentimiento de que hay cosas sagradas, no tocables, vedadas al cuestionamiento y mucho más a la parodia. Hay aspectos de la vida que teme. Recela.

A Manuel se le ha muerto, ve a saber cuándo, el sentido del humor. Y es risueño, eso sí, suelta de tanto en tanto carcajadas que resuenan en la uralita, pero no tiene sentido del humor.

Porque uno -le digo- puede reírse mucho y no tenerlo. Sencillamente es un tipo alegre, animalmente alegre.

Y no es mala cosa, no lo es, pero el sentido del humor no tiene sentada la base de su cimiento en una risotada franca sino en las cosas serias.

El sentido del humor clava su poderosa raíz precisamente en las gravedades.

Reírse de un cómico resbalón, de una gansada, es saludable, cómo no, pero fácil. No requiere pensamiento. Es un resorte de automatismo, de inmediatez, de bote pronto, y el sentido del humor no es exactamente eso, es la descarga del drama, la minimalización del dogma, el desafío constante a la dificultad de la vida, de la puta vida, la visión de un ridículo panorámico, total, sin rinconcillos sacros.

El sentido del humor es de un natural tan bondadoso y cabrón, que no es excluyente, y no hay nada capaz de esquivar su punto de mira.

Es una guerra, esta sí, realmente santa. Santa e imprescindible para que la cara B de la vida o hasta de la propia muerte se vea exhibida en paños menores por una mente dispuesta a no doblegarse bajo ninguna sentencia. El sentido del humor hace que el hombre no se convierta en buey, hace que entierre el  arado y se monte con la madera del yugo una buena barbacoa.

Manuel se ríe en la vida, es cierto, pero nunca de ella.

Ríe una risa domesticada mientras carga con la vida y hace surcos en la tierra.

Veinticinco, treinta años en la máquina.

Sonrisa primitiva, una correa más del yugo.

Ha muerto el niño: habemus buey.

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5 comentarios

Furgo -

Bueno Sak, para resarcirte me puedes llamar "damo", que no me enfado.
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Y sí, Gea, para mí el sentido del humor es la base imprescindible de toda una filosofía de vida.
Todos tenemos problemas de vez en cuando, todos padecemos desgracias un día u otro, pero el sentido del humor ayuda a que no empeoremos más las cosas.
Y a liberarnos de yugos convenidos por algunas herencias culturales pasadas de fecha.
(Sostengo la opinión de que la sociedad en general, de los 80 para acá se está anticuando de forma alarmante.)

Un par de besos, madmuaseles.

Gea -

Caramba, Furgo. No es moco de pavo esa reflexión que realizas -casi como una sentencia- sobre el sentido del humor, entendido éste como un ejercicio diferencial, producto del ingenio, frente a la risotada por lo obvio y lo inducido.

Dices, y dices bien:

"El sentido del humor clava su poderosa raíz precisamente en las gravedades".

Efectivamente, la risotada es alienante, colectiva, fácil... apenas puede elegirse, simplemente se ejercita.

El sentido del humor, producto de lo genuino y personal, puede nutrirse hasta de "lo intocable".
De ahí que pueda calificarse de humor fino, ácido, agudo, irónico, inteligente... e incluso negro.

Es realmente libre, no hay yugo que lo ate ni lo domine. Es la elección frente a "la normalidad"; la inteligencia selectiva frente al dejarse llevar.

¡Vaya rollo que te he largado!, ¿no?

Interesante lectura.
Saludos.
Gea.
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Sakkarah -

Mirale él, llamarme caballera...¡Co lo femenina que es una...! ¿Será posible?

Furgo -

Imprescindible, al menos en mi caso.

Otro para ti, etérea caballera.

Sakkarah -

No sé si es la vida la que se encarga de matar al niño, o somos nosotros que no sabemos protegerlo y nos lo dejamos arrebatar.

De todas formas, hay muchas facetas en el niño. A veces la que guardamos es la de hacer una enormidad de todo, sobre todo del sentimiento. Quizá quedemos en esa etapa del adolescente, que ni es ya niño, ni tampoco hombre.

Es bueno fomentar el sentido del humor, practicarlo. Ayuda a soportar la vida, sí.

Un beso.
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